But first...
... some reality tv.
martes, 4 de octubre de 2011
The Amazing Race y los problemas de su formato
The Amazing Race es un programa que confieso que me cuesta un poco. Con este reality no me pasa como con otros como Survivor o Big Brother, con los que tengo la necesidad de ver todas las ediciones y estar al tanto de todas las novedades o curiosidades por inútiles e inservibles que sean. Mi problema con este concurso es que necesito tener unos claros favoritos a los que adorar por encima de todas las cosas para no perder el interés rápidamente. El formato de The Amazing Race es atractivo, eficaz y emocionante, pero también bastante poco moldeable y dinámico. Reconozco que soy incapaz de ver más de dos ediciones seguidas porque el formato me termina saturando con mucha facilidad.
Si disfruté tanto de temporadas como la catorce o la cinco (mis favoritas de lejos), fue porque encontré personajes que me llamaron la atención desde el primer momento, con los que empaticé rápidamente y que me hicieron sufrir durante toda la carrera. Desde las cheerleaders endemoniadas y la madre biónica y el sordo siniestro en la decimocuarta edición, hasta Charla y Mirna (casi tan entrañables como insoportables) o Colin el sociópata en la quinta.
Para mí, este concurso se basa exclusivamente en sus concursantes, no la espectacularidad de las pruebas ni los escenarios que recorren a lo largo de toda la carrera. Todo eso es secundario: me da igual si las pruebas sean fáciles o difíciles o si la edición está grabada en el descampado de detrás de mi casa. En The Amazing Race necesito personalidades arrolladoras, conflictivas y que me enamoren en el primer episodio.
Por esa razón dejé a medias algunas temporadas como la quince, dieciséis y diecisiete. Pese a contar con algunos concursantes llamattivos (la Miss América encabronada, los adorables Jeff y Jordan de Big Brother 11 o Gary y Mallory), el resto de los casting fueron demasiado anodinos y nadie destacó especialmente. Y esto es un problema especialmente ahora que el formato está mostrando síntomas de desgaste y necesita potenciar sus puntos fuertes. Unfinished Business, por otra parte, mejoró considerablemente a su predecesora (¿pero qué edición All-Stars no lo hace?) pero está a años luz del nivel que este programa alcanzó con sus mejores temporadas.
Sin embargo, además de la necesidad de buenas personalidades, hay algo más que me separa de The Amazing Race, y es que es un formato bastante injusto de serie. En este programa doce parejas tienen que competir en una carrera alrededor de todo el mundo, y los equipos que lleguen últimos en cada etapa son eliminados hasta que sólo quedan tres. El problema de este concurso es que en realidad que una pareja sea fuerte en las pruebas o que se compenetren muy bien es algo muy secundario, lo primordial es el grado de suerte que tengan a lo largo de la carrera.
Lo más frustrante de este programa es que no importa cómo de buena sea una pareja, porque todo se podría estropear en el último momento por perder un vuelo, que un taxi pinche a mitad de trayecto o sencillamente por no ser capaz de superar un detour en el que el azar juega un papel fundamental. Es casi imposible ganar The Amazing Race gracias a tus propios méritos, porque la suerte y el azar son elementos decisivos y los que determinarán en gran medida el futuro de las parejas durante la carrera. Es bastante frustrante ver a tu equipo favorito siendo eliminado sabiendo que lo único que les ha llevado a la última posición ha sido un simple golpe del destino.
Pero que conste que The Amazing Race me parece un gran programa y soy capaz de disfrutarlo pese a este pequeño detalle. Hace unos días comenzó la decimonovena temporada y su primer episodio me convenció. Reconozco que no la estaría siguiendo si no fuera por la TAR League y Ethan y Jenna (mi amor por esta gran heroína es incondicional) de Survivor, pero ha arrancado correcta y tengo curiosidad por ver qué tal se desenvuelven un par de parejas durante la carrera.
martes, 27 de septiembre de 2011
Make it work!
Ponerse a bucear entre los realities americanos es toda una experiencia. Mientras que en España tendemos a recurrir a los mismos formatos una y otra vez (es decir, Gran Hermano, Operación Triunfo y las distintas vertientes de ambos), al otro lado del charco son algo más inquietos y podemos encontrar programas de todo tipo. Uno de los más curiosos, y sin embargo uno de mis favoritos, es Project Runway.
La mecánica de este concurso es bien sencilla. Tenemos a un grupo de diseñadores de moda que cada semana compiten entre ellos en un reto específico, que puede ir desde lo más sencillo como diseñar un vestido de gala, hasta algo más complicado como elaborar un atuendo con golosinas o artículos para animales. El perdedor de cada reto es eliminado hasta que sólo quedan tres concursantes, que tendrán la oportunidad de crear una colección completa que mostrarán en la Fashion Week de Nueva York. El ganador normalmente recibe un premio en metálico como ayuda para comenzar su propia línea de moda, además de un viaje a París (glamour ante todo) y un reportaje en la revista Marie Clarie.
Por supuesto, entiendo que este reality pase tan desapercibido entre los amantes del género. No es una temática demasiado atrayente, y sin haber visto nada del programa es difícil llegar a entender la grandeza y el gancho del formato. Pero lo cierto es que, bajo la simpleza de su premisa, se esconde un concurso emocionante, adictivo y tan fácilmente asimilable que te atrapa sin que te des cuenta. Y es que parece mentira que el proceso de elaboración de un diseño pueda resultar tan apasionante.
Una de las grandes bazas de este programa es su mala leche. No es un reality excesivamente morboso, pero tenemos drama por todos lados y las envidias y los comentarios maliciosos por la espalda están a la orden del día. Hay que pensar que estamos hablando de un concurso que se centra en el mundo de la moda, por lo que no sorprende a nadie que todos los diseñadores tengan un ego como la catedral de Burgos y se crean el ombligo del mundo pese a que sus creaciones sean horribles o absolutamente marcianas (ellos las llamarían incomprendidas). Por eso, los mejores episodios son aquellos en los que los concursantes tienen que trabajar en parejas, pues los choques de ego son bastante frecuente y resulta muy divertido presenciar las peleas de los diseñadores por ver quién lleva la voz cantante en el reto.
Tampoco nos podemos olvidar de la labor del jurado, compuesto por Heidi Klum (que además es la presentadora), Nina Garcia y Michael Korrs, que no se callan una y son bastante crueles a la hora de comentar el resultado final de los diseñadores. Lo mejor de todo es que lo hacen con una sonrisa y una expresión amable en el rostro, por lo que la mitad de las veces esos comentarios pillan por sorpresa a cualquiera, diseñadores incluidos.
Ahora se está emitiendo la novena temporada y puedo decir que está siendo una de mis favoritas, sólo superada por la primera (que son palabras mayores). El punto fuerte de esta edición se encuentra en su casting, que cuenta con concursantes con mucha presencia y carisma, pero también estilo propio y, sobre todo, un talento incuestionable. Con decir que de los dieciséis diseñadores iniciales, más de la mitad de ellos tienen perfiles de finalista y no es demasiado difícil imaginarse a cualquiera de ellos frente a Heidi Klum mientras dice aquello de "congratulations, you're the winner of Project Runway". La recta final promete ser emocionante e intensa, porque será un tour de force entre todos los favoritos y cualquiera podrá verse en la cuerda floja por un simple despiste.
Mención especial merece la primera edición, que ni los propios responsables del programa se esperaron que fuese tan redonda. Como toda primera temporada de un reality, Project Runway se notaba que aún estaba en fase de experimentación, pero eso no impidió que todo les saliese rodado. Empezando por un casting impecable donde destacaba Wendy, una auténtica bruja que se convirtió en la villana más memorable del programa, o Morgan, aquella modelo lunática que pasaba de todo y trajo de cabeza a los diseñadores (que la llamaban "the model from Hell").
Project Runway no es el típico concurso, pero su impecable realización, lo interesante del proceso de creación de diseños y esos concursantes tan extravagantes y pasados de rosca hacen que este programa se encuentre en el Olimpo de la Telerrealidad junto a titanes como Survivor, Big Brother o The Amazing Race. No os dejéis engañar porque se trate de un reality de moda: yo no soy un entendido en absoluto y eso no me impide disfrutar como un enano los episodios. Y aunque al final no se entiendan muchas decisiones del jurado... merece la pena darle una oportunidad a este programa ni que sea para ver cómo es posible diseñar un vestido con papel de periódico.
domingo, 25 de septiembre de 2011
South Pacific, ¿la redención de Survivor?
Hace justamente dos años que empecé a ver Survivor. Ese verano me había enganchado irremediablemente (y de forma bastante inesperada) a Big Brother USA, y decidí probar suerte con uno de los formatos más míticos de la telerrealidad americana. Y obviamente fue una de las mejores decisiones teléfilas de mi vida.
Seguí Samoa a ritmo americano. El arranque me pareció sencillamente correcto, pero Russell Hantz y su juego estratégico me mantuvo pegado a la pantalla hasta el último episodio. Luego vino un mes y medio de auténtica locura, en los que prácticamente abandoné la mayoría de series que seguía para ver todas las ediciones posibles del programa y así estar preparado para el gran acontecimiento televisivo que se nos avecinaba: Heroes vs. Villains, la vigésima temporada del reality, que reunía a veinte de sus concursantes más míticos dividiéndoles en dos tribus distintas dependiendo de si jugaron con honor y valentía, o por el contrario utilizaron las malas artes y la manipulación más rastrera para avanzar en el concurso. Es decir, una bomba de relojería que no sólo superó todas nuestras expectativas, también resultó siendo la edición más emocionante, intensa y sorprendente de este programa (y que confirmó a la incomensurable Parvati Shallow como la mejor jugadora de la historia de este concurso).
El problema es que, después de brindarnos una temporada tan redonda, los productores del programa tenían la dura tarea de estar a la altura con las siguientes entregas. Y fallaron. Nicaragua tuvo un gran comienzo, pero había demasiados elementos que obstaculizaban el desarrollo natural de la edición (NaOnka, esa negra loca que llenaba el 70% del metraje de cada episodio con sus malos rollos; el twist del Medallón de Poder, tan absurdo como innecesario; Marty, un Russell borderline bastante más turbio, y un casting bastante invisible y anodino en general) y finalmente acabó desmoronándose cuando sus dos concursantes más carismáticas fueron expulsadas una tras otra a mitad de concurso. Otro de los grandes inconvenientes de esta temporada, además, fue que los movimientos estratégicos brillaron por su ausencia y muchas decisiones de los concursantes no se terminaban de entender muy bien por culpa de un editaje muy disperso y confuso. Aún un año después se sigue sin entender las razones del jurado de darle al millón a esa persona, o por qué algunos concursantes cambiaron su voto a última hora sin motivo aparente.
Redemption Island, por su parte, partía con la novedad de introducir un nuevo twist en el juego: La Isla de la Redención, donde cada semana los concursantes expulsados se batirían en duelos y el último en pie tendría oportunidad de volver al juego. El concepto tiene mucho potencial, pues permite que aquellos concursantes eliminados antes de la fusión puedan regresar por sus propios méritos y además le daba una dimensión al juego, pues ahora no sólo debían pensar a quién expulsar, sino también en las posibilidades de que aquellos a los que acababas de traicionar pudieran reencontrarse contigo al cabo de unos días.
Pero este giro, que sobre el papel funciona muy bien, en la práctica tiene demasiados inconvenientes y el programa no supo llevarlo de la forma adecuada. En primer lugar, tiene sentido mandar a Redemption Island a los concursantes expulsados antes del merge, ya que el juego aún está en fase de desarrollo e introducir a una nueva figura en la fusión puede ser un recurso muy interesante para hacer la edición más imprevisible (¿el expulsado sería leal a su antigua tribu pese a que ya le votaron una vez, o cambiaría de bando por rencor?). Pero el fallo que cometieron fue continuar con el twist también en el merge, llegando a tener duelos con cuatro concursantes por culpa de los episodios de doble expulsión. Y esto es un gran problema de cara a la final, porque los habitantes de Redemption Island han estado "aislados" de la vida del campamento durante semanas, no han podido asistir a los Tribal Councils, seguir las estrategias, ni desarrollar un juego social que les ayudase a ganar el millón de dólares. Es decir, que no tenían información suficiente para decidir quién merecería llevarse el premio, ni tampoco argumentos suficientes para defender su juego en caso de llegar a la final. En este caso, su única esperanza era recibir los votos anti-alguien, y todos sabemos que este tipo de ganadores son siempre los peores de Survivor.
Ese no fue el único aspecto negativo de esta edición. Redemption Island también traía de vuelta a dos exconcursantes en busca de redención que ya habíamos varias veces y tenían poco o nada nuevo que contar. Además, el problema del regreso de Boston Rob y Russell a Survivor es que al ser concursantes tan polarizantes y populares entre el público, el programa centró toda su atención en ellos dos dejando de lados a los anónimos, que no eran más que personajes muy secundarios y, por tanto, resultaba bastante difícil sentirse identificado, y apoyar, a alguien no fuera Rob (algo parecido también ocurrió en BB13, donde los newbies fueron tratados como mera comparsa de Rachel, Jordan y Daniele).
Sin embargo, lo que realmente pone a Redemption Island como una de las peores temporadas de Survivor es su total predecibilidad. La gran baza de este concurso es su factor sorpresa, el juego de poder, la estrategia, que los concursantes no tengan miedo a realizar grandes movimientos; la imprevisibilidad del formato. Pero en esta edición, un concursante se hizo con el control absoluto del juego desde los primeros días dejándonos un desarrollo bastante aburrido y que se podía adivinar con varias semanas de antelación. No había emoción, porque la combinación de finalistas estaba grabada a fuego desde muchos días atrás y, salvo sorpresa de última hora, no había forma de que cambiara. Lo que nos libró de una recta final soporífera, eso sí, fue una concursante que empezó a destacar repentinamente y se convirtió en una amenaza bastante seria para el resto de jugadores.
La nueva temporada, South Pacific, se estrenó hace un par de semanas y tengo que reconocer que estos dos primeros episodios me han dado muy buenas vibraciones. Aunque no estaba demasiado convencido con el regreso de Ozzy y Coach (¿tienen algo nuevo que aportar al programa?), ahora me parece todo un acierto: tienen madera de líderes y no resultan tan abrasantes como Russell y Rob, por lo que no acapararan todo el protagonismo y los editores podrán dibujarnos un poco mejor a los anónimos. El casting también me ha parecido correcto, equilibrado, variado y, sobre todo, con ganas de jugar, algo de lo que han carecido las últimas ediciones de los realities de la CBS. Curiosamente, quien está dando el arranque (como en su día hizo NaOnka), es Brandon, sobrino de Russell, un Jesus freak de cuidado y probablemente el chico más turbio de la historia de este programa (es misógino y machista, y solía maltratar a su mujer cuando ambos aún no habían superado ni la mayoría de edad). Pero también hay otros como Cochran, Sophie (mi favorita) o Mikayla que también prometen ser personalidades a tener en cuenta. El único "pero, de momento, que le encuentro a esta edición es que han mantenido Redemption Island, aunque espero que hayan aprendido de sus errores y esta vez sepan utilizar ese recurso con más eficacia.
Tampoco quiero hablar demasiado alto, que los dos primeros episodios de Nicaragua y Redemption Island también me parecieron muy correcto y al final ambas temporadas están en las últimas posiciones de ediciones favoritos. Pero por alguna razón esta edición me ha dado muy buenas sensaciones, y me ha hecho recuperar la fe en un formato que pese a dar síntomas de desgaste, aún puede seguir dando guerra durante unos años más.
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